El gigante dormido (los laiicos)

Ante la pregunta sobre quiénes forman la Iglesia es habitual que se empiece a hacer recuento de cargos eclesiásticos: Sacerdotes, Obispos, Monjas, el Papa… Es una forma de pensar típica de quien no tiene muy claras las ideas acerca de lo que es la Iglesia, y debo reconocer que una buena parte de cristianos tienden a dar la misma respuesta; yo mismo hubo un tiempo en el que la habría dado sin pensármelo dos veces.

En cierto modo es normal. Cuando todo lo que conoces sobre la Iglesia se limita a lo que quieran decir los que controlan los medios de comunicación lo lógico es vivir equivocado. En el seno de la Iglesia está presente un enorme gigante que, todavía hoy, permanece dormido. Se va desperezando poco a poco, pero todavía le queda mucho para estar plenamente despierto. Se trata de quienes conforman la mayoría de la Iglesia, los laicos.

Durante demasiado tiempo, los laicos, nos hemos dejado anestesiar, hemos ido reduciendo paulatinamente nuestro compromiso con la Iglesia y con lo que supuestamente son nuestras creencias y nuestros principios y hemos dejado que el tiempo transcurriera plácidamente mientras olvidábamos… Y, de pronto, nos hemos encontrado con que ¡no conocemos lo que creemos! Mientras una ofensiva laicista aprovecha nuestro sueño para imponer sus ideologías.

Ante este ataque el gigante empieza a despertar. Poco a poco han surgido multitud de asociaciones y otras iniciativas en busca de una vivencia de la fe mucho más coherente. Pero todavía queda mucho por hacer. No podemos esperar que esas asociaciones sean las únicas que resuelvan el problema. Si falla la base, todo el edificio caerá irremediablemente. Por tanto si los laicos no somos capaces de vivir realmente nuestro cristianismo, la Iglesia se irá desmoronando.

No es casualidad que haya sido en los momentos y lugares de mayor persecución y necesidad cuando han aparecido los mejores ejemplos de cristianos comprometidos. Sin embargo, es una pena que, cuando no se dan esas situaciones, la modorra gobierne nuestras vidas. Olvidamos que Dios mismo nos ha elegido para constituir su Iglesia y que, por tanto, tenemos un papel en ella; es más, me atrevería a decir que el papel del laico es enormemente importante, fundamental. Se trata de una responsabilidad vital en el mantenimiento de la Iglesia. Nosotros somos el primer frente de lucha en el mundo ordinario, porque, no nos engañemos, la vida del cristiano es una lucha constante. Contra nuestro propio egoísmo, contra las corrientes que buscan rebajar la dignidad humana, contra la ignorancia, contra la tibieza… Contra el Mal, en definitiva.

No es ni debe ser una lucha cruenta, pero eso no hace que no sea extenuante; hasta el punto de que solos no podríamos afrontarla sin acabar sumiéndonos en la más absoluta desesperación. Necesitamos radicar nuestra vida, nuestra actividad diaria, en Cristo. Sólo así podremos avanzar en un mundo en el que da la sensación de que a cada día que pasa resulta más complicado no ser un borrego más, que siga servilmente la corriente que marcan las modas y los gobiernos.

A nosotros nos corresponde la lucha en nuestros puestos de trabajo, en nuestras familias, en nuestro propio ambiente. Debemos hacer oración cada una de nuestras actividades, y más aún si nos resultan repetitivas y rutinarias. Debemos luchar por entender nuestra fe y por hacérsela entender a los demás. Nosotros tenemos la responsabilidad de llevar la luz a aquellos que, dentro del círculo en el que nos movamos en la vida, caminan a oscuras. Llegamos a todos los rincones de la sociedad, y por ello podemos iluminarla en su totalidad. Pero para eso tenemos que despertarnos, y se está tan bien dormido sin preocuparse de nada…

“También ustedes como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús” (1ª Pedro 2, 5).

Artículo escrito por nuestro colaborador y católico con acción Jorge Sáez Criado

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